El sueño profundo se caracteriza por ondas cerebrales lentas y amplias.
Conocer cómo funcionan estas etapas es clave para entender el sueño profundo y su impacto en la salud.
El profesor Russell Foster, director del Instituto de Neurociencia del Sueño y Circadiana en la Universidad de Oxford, explica que el ciclo comienza con el sueño no REM, dividido en tres fases: la primera, una transición entre la vigilia y el sueño; la segunda, un estado de relajación profunda; y la tercera, el sueño profundo.
En esta última, la actividad cerebral cambia a ondas más lentas, lo que es esencial para la recuperación física y mental.
La importancia del sueño profundo no radica solo en la cantidad de horas dormidas, sino en la calidad y el tipo de descanso que se obtiene.
Durante dicho proceso (etapa tres no REM), el cuerpo y la mente experimentan procesos vitales que incluyen la consolidación de la memoria y la mejora de la resolución de problemas.
Foster explica que esta fase del sueño es cuando la información aprendida durante el día se almacena en la memoria a largo plazo.
Es un período de procesamiento, donde el cerebro organiza y consolida datos, llegando incluso a resolver problemas complejos.
Según investigaciones recientes, las personas que duermen adecuadamente tienen una mayor capacidad para encontrar soluciones innovadoras a dificultades planteadas previamente, mientras que quienes no duermen presentan un rendimiento notablemente inferior.
El sueño profundo también ha demostrado tener un papel protector en la salud cognitiva.
Un estudio de la Universidad de California en Berkeley sugiere que esta fase del sueño puede servir como un “factor de reserva cognitiva”, ayudando a proteger contra el desarrollo de ciertas proteínas relacionadas con la demencia.
De hecho, la falta de sueño profundo puede estar relacionada con enfermedades como la esquizofrenia, en la que las personas no presentan esta fase de descanso y muestran deterioro cognitivo.
Aproximadamente el 25% del sueño debe ser sueño profundo y otro 25% sueño REM.
La falta de sueño profundo puede estar relacionada con enfermedades como la esquizofrenia.
Aunque el sueño profundo es crucial, no es el único componente importante.
Las fases iniciales del sueño no REM también cumplen funciones esenciales para la relajación, la consolidación de la memoria y el procesamiento de información.
Tomarse una siesta corta puede ser beneficioso para mantener un rendimiento óptimo durante el día, siempre y cuando se evite entrar en un sueño profundo, ya que despertarse de esta etapa puede causar sensación de aturdimiento.
Además, a lo largo de la vida, la cantidad de sueño profundo que necesitamos puede cambiar significativamente.
Durante la infancia y la adolescencia se necesitan mayores periodos de descanso, mientras que a partir de los 20 o 30 años, la cantidad de sueño profundo disminuye gradualmente.
Esto se debe a que, según Foster, con la edad se encuentran menos experiencias nuevas que procesar, lo que reduce la necesidad de consolidar tanta información.
La reducción del sueño profundo con el paso del tiempo ha sido relacionada con un aumento del riesgo de demencia y otros problemas cognitivos.